Guinness, la espuma que unifica Irlanda

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“Guinness es buena para ti”. Más allá del trébol y del arpa, el simpático tucán de la cerveza es el auténtico elemento unificador de Irlanda. Te lo encuentras en el puente de Pettigo, al llegar a Middletown o a medio camino entre Dundalk y Newry, donde se erigían las torretas militares y las aduanas y donde ahora se brinda en los pubs de ambos lados por la frontera “invisible”.

Más de 13.000 camiones cargados con la cerveza negra cruzan todos los años la línea divisoria a toda velocidad y en las famosas “balas de plata”. La Guinness se fabrica en la vieja cervecería de St. James en Dublín, pero se embotella en las afueras de Belfast, en un generoso intercambio líquido que puede saltar por los aires en el caso del “no deal”.

Una vuelta a la frontera dura supondría literalmente un tapón de cerveza entre las dos Irlandas. Las balas de Guinness tendrían que parar en una hipotética aduana. Un simple retraso de media hora con respecto a los 90 minutos actuales, supondría un encarecimiento del porte de más de 110 euros. Los costes de transporte y embotellamiento se dispararían 1,5 millones de euros al año.

Y el precio de la pinta de Guinness subiría sin remedio a ambos lados de la frontera: una situación por la que no están dispuestos a pasar los irlandeses, sobre todo los del sur, que se rearman moralmente estos días con la serie “Resistance” (protagonizada por las guerrillas de Michael Collins durante la guerra de independencia).

A punto de cumplirse un siglo desde su “ruptura” con Reino Unido, el Brexit está reabriendo las heridas en la República, donde no perdonan ni el desdén, ni el complejo de superioridad de los británicos. Los furibundos columnistas de The Daily Telegraph se atreven a poner sobre la mesa el “Irexit” como solución definitiva a todos los problemas, ajenos al hecho de que el 92% de los irlandeses quieren seguir en la UE y que la gran mayoría de los norirlandeses quieren que la porosa frontera de 500 kilómetros (la más abierta de Europa) siga como hasta ahora.

“Gestionamos toda la isla como parte de un solo negocio y manufacturamos nuestros productos a ambos lados de la frontera como una cadena de suministro fluida y sin “costuras””, declaró ante un comité parlamentario del Brexit Dan Mobley, director de relaciones corporativas de Diageo, la multinacional propietaria de Guinness.

Enfado por el “desprecio” a Irlanda

“Nuestro negocio funciona así: hacemos la Guinness en Dublín, la mandamos al otro lado de frontera para el embotellado y la exportamos directamente o la traemos de vuelta a la República de Irlanda”, explicó Dan Mobley, que puso el dedo en la llaga sobre otro producto líquido genuinamente irlandés: “Lo mismo hacemos con el Baileys: la leche que utilizamos procede de ambos lados de la frontera”.

Leche va, leche viene. Cerveza va, cerveza viene… Para los irlandeses, la “backstop” o “salvaguarda” no es esa cosa abstracta que no entienden la mayoría de los británicos, sino una condición muy concreta que se resume tal que así: “Queremos una garantía de que la frontera va seguir como hasta ahora”.

Unos 30.000 irlandeses y norirlandeses viven a diario una vida “transfonteriza”, trabajando o llevando a los niños a la escuela al “otro lado”. Más de 1,7 millones de coches cruzan todos los años la frontera invisible en los más de 200 puntos donde ocasionalmente perviven los puestos fantasmas de las viejas aduanas, salpicados ahora de carteles de Comunidades de la Frontera contra el Brexit.

Ajenos al tira y afloja por cuenta de la “salvaguarda” irlandesa, los turistas hacen cola como todas las mañanas ante la fábrica-almacén de Guinness en el barrio dublinés de St. James, convertida en la mayor atracción turística de Irlanda (este año confían en superar los 20 millones de visitantes desde que abrió sus puertas en el año 2000). El contrato de arrendamiento, firmado en 1759 por Arthur Guinness, garantiza que aquí seguirá por 9.000 años, sobreviviendo al Brexit y a lo que venga.

“Entiendo a los irlandeses y comparto con ellos el cabreo por el desprecio con el tratan sus asuntos en Londres”, reconoce el escocés Leathan Campbelll, 27 años, que ha venido a pasar unos días con su pandilla de amigos a Dublín y apura una jarra de Guinness en el Gravity Bar, el mirador de la fábrica-almacén en el que uno puede alcanzar la ingravidez total.

“Escocia votó por la permanencia y a nosotros también nos ignoran”, se lamenta Campbell. “El Brexit es un invento inglés basado en una fantasía. El problema es que esa fantasía puede hacer mucho daño a la gente de a pie si finalmente se hace realidad. ¡Brindemos por un segundo referéndum!”.

Leadsom y su grupo de alegres escoceses nos muestran con orgullo el diploma que le dieron en la quinta planta y que acredita sus destreza a la hora de tirar (en dos tiempos) su propia pinta de Guinness. Antes se pasaron por una sala de degustación y aprendieron que el nitrógeno es el secreto a voces de la cremosa espuma de de la “negra” irlandesa.

Agua, lúpulo, cebada y levadura: la base es la misma que la cualquier cerveza, pero la clave es la combinación: del tostado de la cebada al nitrógeno que es la base de la cremosa espuma. Molinos, tostaderos, alambiques y barriles saludan a los visitantes en ese laberinto de ladrillo y cristal donde descubrimos la importancia que tuvieron en su día los maestros toneleros, cuando los barriles eran transportados río arriba en barco y salían de la fábrica herrumbrosa en los famosos “tramways” de la era victoriana.

Los tiempos cambian, y las “silver bullets” (los camiones que transportan la cerveza) son ahora el nuevo emblema de Guinness, tendiendo un puente virtual entre Dublín y Belfast. El rastro inequívoco de la cerveza te persigue a lo largo de la M1, cruzando desapercibidamente esa línea divisoria que solo existe en las mentes y en los mapas.

Como todas las grandes multinacionales ante el Brexit, Diageo tiene también sus planes de contingencia. Trasladar la planta embotelladora de Belfast, que lleva allí 30 años y da trabajo a cientos de norirlandeses, es algo políticamente impensable. Pero ningún producto puede librarse del “mordisco” del Brexit en el caso de un “no deal”, que en el caso de las dos Irlandas se traduce como “mal trago”.

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